Cuatro necesidades del Creyente: (4) La necesidad de orar la palabra predicada

Posted in Reflexiones with tags , on octubre 3, 2018 by elcaminoangosto

Por Al Baker (Ministro de la Iglesia Presbiteriana en América)

Traducido con permiso por Alexander León.

“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”Hechos 2.42

Santiago el apóstol, en su carta a las doce tribus que estaban esparcidas, procuró traerlas de vuelta a la cultura de avivamiento que ellos habían inicialmente experimentado en el día de Pentecostés, unos quince años antes cuando 3000 de ellos fueron salvados por medio de la predicación de Pedro. Los santos habían vuelto a la insensatez durante los últimos quince años, y Santiago no se guarda nada. Su mensaje golpea duro. En cierto punto él esgrime la espada del Espíritu al confrontarlos por su falta de oración. Él dice,

“… no tenéis lo que deseais porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, para gastar en vuestros placeres” (Santiago 4.2-3)

Las cuatro necesidades para cada creyente, las cuales surgen de una adoración bíblica son la predicación de la palabra de Dios que trae convicción, penetra al corazón, mueve a los feligreses al arrepentimiento y la fe; la comunión que mueve a la gente en pequeños grupos para apropiarse de la palabra predicada; la Cena del Señor que los alimenta y nutre de Cristo mismo y que promueve santidad en ellos; y orar la palabra predicada hasta que sea asimilada, hasta que sean transformados por esa palabra predicada.

Una mirada superficial a lo que se considera oración en nuestras congregaciones nos hace ver que está tristemente desprovisto de las características de la oración en avivamiento. Tenemos la tendencia a orar por el cayo del pie de la tía Berta; o por aquello que parece casi igual a las causas de los predicadores del evangelio de la prosperidad, pidiendo por un aumento de salario o la finalización exitosa del proyecto en la nueva casa del lago.

Ahora, sabemos que podemos y debemos orar por cualquier cosa con acción de gracias (Filipenses 4.6), pero debe haber un propósito mayor en la tía Berta que el alivio del cayo de su pie o un proyecto de una segunda casa. El contenido de nuestra oración debe seguir el patrón de la oración del Señor.

Más aun, debemos buscar a Dios en razón del propósito último de nuestras oraciones, el cual es que Él sea glorificado en la conversión de personas de todo pueblo y nación. Debemos orar por una cultura de avivamiento como la que vemos en los Hechos – la poderosa presencia del Espíritu Santo que produce oración poderosa, predicación poderosa, conversiones poderosas, asambleas poderosas, santidad poderosa, generosidad poderosa, poderoso evangelismo personal, poderoso impacto social, poderosa oposición, liderazgo poderoso, todo lo cual lleva a la poderosa plantación de iglesias en el mundo.

¿Ha notado cómo mucha de la predicación que se escucha hoy en día se refiere más que todo a nosotros? En los pasados cuarenta años más o menos, la predicación psicoterapéutica ha tomado el lugar de la predicación profética que llamaba a la gente a la fe, al arrepentimiento y a una vida santa. Al final lo que debería importarnos más es la expansión del reino y señorío de Cristo en la tierra, que la gloria de Jehová cubra toda la tierra, como las aguas cubren el mar.

Entonces, en el contexto del culto de adoración, ¿cómo oramos la palabra de Dios predicada? Consideremos dos ejemplos. Digamos que el predicador habló sobre Malaquías 3.10 sobre el diezmo donde Dios dijo

“Traed los diezmos al alfolí… probadme ahora en esto dice el Señor, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré bendición hasta que sobre abunde”.

Así el predicador, mientras expone el texto, esgrime la espada del Espíritu al hacer una simple pregunta, ¿Está usted diezmando? ¿Está usted dando al menos el 10% de sus ingresos para la obra del Señor? Si el creyente dice en su corazón “No, estoy fallando en diezmar”, entonces debe ir a Jesús en la Cena del Señor, pidiendo ser limpiado y mientras bebe la sangre de Cristo, pedir gracia para poder confiar que Dios proveerá para su familia mientras se esfuerza por dar en obediencia y con fe. Con su grupo de hermanos después del sermón y de la Cena del Señor, deberían orar los unos por los otros y hablar estas verdades los unos a los otros hasta que penetren y se apropien de ellas. Y luego durante la semana, debe orar pidiendo a Dios que le dé gracia continuamente por Su Santo Espíritu para obedecer este mandamiento. El predicador procura semanalmente dar una palabra de parte del Señor a Su pueblo, extraída del texto, y la gente debe recibir esa palabra implantada, que es poderosa para salvar sus almas (Santiago 1.21)

Aquí va otro ejemplo. El pastor está predicando en Efesios 5.25.33,

Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”.

Después de exponer fiel y cuidadosamente el texto  y de establecer la idea central del texto que el Espíritu Santo ha inspirado, el predicador debe desenvolver esta gran verdad, haciendo referencia a otros pasajes que ayuden a aclarar este tema, ilustrándolo, aplicándolo, y esgrimiendo la espada del Espíritu al preguntar “¿Maridos, están obedeciendo fielmente este mandamiento de amar a sus esposas de manera sacrificial?” Sin duda cada marido tendrá que reconocer que está fallando en alguna medida con respecto a esto. Entonces debe arrepentirse, pedir gracia mientras participa de la Cena del Señor, para ser limpiado por Cristo, para ser nutrido por el poder santificador y pedir gracia y poder esa semana para amar a su esposa sacrificialmente. Este hombre hablará estas palabras a otros en su grupo y durante la semana orará en sus tiempos a solas con el Señor, pidiendo Su gracia para poder cumplir con este requerimiento de amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella.

¿Pueden ver cómo mucha de la predicación moderna está incumpliendo su propósito? Nunca habíamos tenido tanta información bíblica y teológica como ahora, pero nunca los creyentes habían estado tan desprovistos de santidad práctica y de crecimiento en la gracia. Nuestros matrimonios no son mucho mejores que los de algunos paganos o ateos que conocemos. Hermanos míos, esto no debe ser así.

Pero cuando no estamos esforzándonos por suplir las cuatro necesidades de los creyentes – recibiendo el ministerio de la Palabra, teniendo comunión alrededor de la Palabra, alimentándonos de la Palabra y orando la Palabra predicada, entonces la anemia espiritual es predecible y el avivamiento se detiene.

Predicador, procure por todos los medios exponer fielmente el texto, pero no se quede ahí. Su gente necesita más que información bíblica dirigida a su mente. El pueblo necesita la palabra que penetre en sus corazones, llevándolos al arrepentimiento y al perdón, llevándolos a alimentarse de Cristo, animándolos a la comunión con otros creyentes en referencia  las grandes verdades que usted les ha predicado y tratado de aplicar y causando que vayan a orar por obediencia.

Y querido miembro de la iglesia, ore por su predicar para que predique de esta manera, y reciba la palabra implantada, aliméntese usted de Cristo en la Cena del Señor, en la comunión y en las oraciones hasta que pueda usted apropiarse de ello.

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Cuatro Necesidades del Creyente: (3) Partir el pan

Posted in Reflexiones with tags , on octubre 1, 2018 by elcaminoangosto

Por Al Baker (Ministro ordenado de la Iglesia Presbiteriana en America)

Traducido con permiso por Alexander León

Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”  – Hechos 2.42

Yo, estoy muy agradecido porque muchas de nuestras Iglesias Presbiterianas y Reformadas observan la Cena del Señor cada domingo. Después de todo, creemos que la Cena del Señor es más que un memorial o un espacio para recordar. Creemos que, al igual que la palabra de Dios y la adoración pública, es un medio de gracia. Es decir, los sacramentos de la Cena del Señor y el Bautismo y las ordenanzas de la predicación y la adoración, son usados por Dios para hacer que Su pueblo crezca en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Sin embargo, me parece que nuestra observancia de la Cena del Señor no siempre promueve una vida de santidad personal. Podemos fácilmente declinar al punto de creer que se trata solo de un ritual, del mismo modo que la adoración pública y la predicación pueden a veces quedarse cortos en promover la santidad en la congregación. ¿Por qué razón sea dan estos casos con frecuencia?

Una mirada al sermón de Pedro en el día de Pentecostés puede de seguro instruirnos al respecto. El punto principal de Pedro, o podríamos decir, su tema, es: “Este es el día de la venida del Espíritu Santo”. Todo predicador, cada vez que predica, debe encontrar por medio de un estudio diligente cuál es el tema principal al cual el Espíritu Santo parece apuntar en el texto. El predicador hace esto al organizar y exponer el texto. En el caso del sermón de Pentecostés, este sería el bosquejo:

  1. Es el día de eventos extraordinarios en la tierra, Hechos 2.14-21
  2. Es el día de la pasión del Señor, Hechos 2.22-36
  3. Es el día de salvación, Hechos 2.37-40

Partiendo de esto, Pedro proclama la punta de lanza que cada sermón debe aplicar:

Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.” (Hechos 2.36). ¿Qué van a hacer ellos con este mensaje?

Y Hebreos nos dice que

la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4.12)

Esto, mis amigos, es lo que falta en mucha de la predicación de nuestros días. Rara vez hay una punta de lanza, o un golpe, o una llamado al arrepentimiento. Pocas veces escuchamos sobre la acción específica que Dios nos manda a tomar, extraído del texto mismo. No es de extrañarse entonces que veamos poca transformación en las iglesias.

Pero, ¿qué tiene que ver esto con la Cena del Señor? Jesús dejó claro que a menos que comiéramos su carne y bebiéramos su sangre, no tendríamos parte con Él. (Juan 6.3). Hay tanto una dimensión definitiva como una progresiva en la salvación de un creyente. Por otro lado, está el momento en que es regenerado por el Espíritu Santo (Romanos 6.6), nacido de nuevo para una esperanza viva (I Pedro 1.3), luego es también justificado, al recibir la justicia imputada de Cristo (II Corintios 5.21, Romanos 5.1). Y también recibe al Espíritu Santo en gracias santificadora (Hebreos 10.10, I Corintios 1.30) Esta es la naturaleza definitiva de nuestra salvación.

Sin embargo, hay una dimensión progresiva en nuestra salvación. Debemos crecer diariamente en la gracia y en el conocimiento de Jesucristo. Nosotros, sin embargo, batallamos con el pecado todos los días de nuestra vida, y por lo tanto nos quedamos cortos en cuanto a todo lo que Dios pide de nosotros. La predicación de la Palabra de Dios debe entonces redargüirnos (convencernos o persuadirnos de la verdad  en el sermón), reprendernos (mostrarnos lo que no está bien), y exhortarnos (impulsarnos a acciones específicas, basadas en el sermón recibido). Ver II Timoteo 4.1-5.

Entonces, ¿Qué hizo usted el día que Dios le mostró su pecado en su estado de inconverso? Usted se arrepintió y corrió a Jesús con un nuevo corazón en la regeneración, para la limpieza de sus pecados y el don del Espíritu Santo, el cual le dio el poder para vivir en santidad. Eso fue una acción definitiva.

Pero usted peca diariamente, y la predicación de la palabra de Dios trae la punta afilada del cuchillo de la convicción a su corazón, mente, emociones y voluntad. Y entonces, ¿Qué debe hacer cuando el Espíritu le revela pecado en la mañana de domingo? Debe ir a Cristo en la Cena del Señor, pidiéndole no solo que lo limpie sino que lo alimente con su cuerpo y con su sangre, para que usted pueda tener su santidad para una santificación mayor.

La mañana de Domingo usted debe ir a Jesús en la Cena del Señor para limpieza y poder. Pero la mañana de lunes y los días subsiguientes usted no puede ir a Cristo en la Cena, así que debe ir en sus tiempos personales de oración y lectura de la palabra de Dios.

De modo que, el problema de muchas de las predicaciones de hoy es que no lo llevan a ningún lado. Sí, algunos pastores son muy buenos al explicar un texto y proveer de muchísima información de valor. Este, sin embargo, no es el fin de la predicación. La predicación debe redargüir, reprender y exhortar. La predicación es esa punta afilada de la lanza. La predicación debe morder, convencer, y hacer que el incrédulo se sienta incómodo y también que los creyentes se sientan incómodos a veces.

La labor del Espíritu Santo es convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16.8-11). Un predicador que esté lleno del Espíritu, y que esgrime la espada del Espíritu, predicará al corazón, que es el centro de control de todo hombre. Su predicación debe causar que la gente en las bancas exclamen: “¿Ahora, qué haremos con lo que hemos oído?”

Como vimos en la entrega anterior, el creyente debería unirse en grupos pequeños y orar con otros con respecto a lo que han escuchado hasta que lo asimilen. Pero también debe ir a Cristo en la Cena del Señor para comer su carne y beber su sangre por la fe. Solamente ahí está el alimento y la bebida celestiales que promueven la santidad en el pueblo de Dios.

Por lo tanto, ore por su pastor para que predique con esa punta afilada de lanza del Espíritu Santo, y cuando por causa del sermón vea sus pecados, sea sentado o al caminar para participar del cuerpo y la sangre de Jesús, diga de manera consciente a Dios, “He pecado contra ti. Ahora veo lo que he hecho y lo que debo hacer. No puedo hacer esto en mis fuerzas. Por lo tanto vengo a ti, Señor Jesús. Aliméntame y sacia mi sed. Quiero obedecerte y honrarte esta semana que empieza”.

Cuatro Necesidades: (2) Comunión alrededor de la Palabra.

Posted in Reflexiones with tags , , on septiembre 27, 2018 by elcaminoangosto

Por Al Baker (Ministro ordenado de la Iglesia Presbiteriana en América)

Traducido con permiso por Alexander León.

“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”Hechos 2.42

¿Por qué la enseñanza hace tan poco en la transformación de los que están en las bancas?

Cuando el apóstol Pedro predicó en el día de Pentecostés, después de que el prometido Espíritu Santo había sido derramado, en cumplimiento de la profecía (Joel 2.28-32), sus oyentes exclamaron compungidos, “¿Qué haremos? Y Pedro les dijo que se arrepintieran y se bautizaran en el nombre de Jesucristo para el perdón de sus pecados y así recibirían el don del Espíritu Santo (Hechos 2.38). A partir de ahí, Lucas, el escritor de los Hechos, nos dice que los nuevos convertidos se dedicaban continuamente a la doctrina de los apóstoles y a tener comunión, a partir el pan y a orar. La unión de estas cuatro necesidades para cada creyente no es algo aleatorio ni antojadizo, porque estas palabras fueron escritas bajo la dirección e inspiración del Espíritu Santo. Notemos el agrupamiento de las primeras dos necesidades y el de las últimas dos. Ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles, es decir, en el ministerio de la Palabra mientras era predicada; y a la vez perseveraban en la comunión unos con otros. De la misma manera, perseveraban en el partimiento del pan y en las oraciones. De manera que el ministerio de la Palabra y la comunión van juntos, como el partimiento del pan y las oraciones van juntos. Estas necesidades deben considerarse en pares.

De seguro habremos notado cómo casi sin excepción, después de la predicación de la palabra en nuestros cultos de occidente, cuando se da la bendición, los parroquianos salen de la iglesia, quizás comentando a un amigo lo excelente que estuvo el sermón que escucharon. O, es más probable que hermanos en Cristo comiencen a hablar de cómo su equipo favorito de fútbol se desempeñó en el juego del día anterior, entrando en algunos detalles sobre lo bien o mal que jugaron. O quizás, conversen sobre un viaje de negocios para la siguiente semana, o cómo les va a sus hijos en el equipo de baseball.

Sin embargo, lo que es poco común es escuchar lo que Lucas describe que ocurría con la iglesia primitiva después de la predicación de la palabra de Dios. Ellos perseveraban en la comunión. Esto por supuesto requiere una pregunta, ¿qué significa esa palabra griega koinonía que se ha traducido a comunión? No significa una reunión en la que disfrutaban de la compañía y la comida. No significa que los hermanos o hermanas salen a tomarse un café para conversar sobre las noticias, los deportes, el tiempo o la política. Ni siquiera significa necesariamente que se reunían en parejas para tener un Estudio Bíblico y discutir el sermón que les fue predicado el pasado Domingo. Por supuesto, nada de malo hay en todo lo descrito, pero eso no es perseverar en la comunión.

Koinonía se define como compañerismo, asociación, participación conjunta, lo que se comparte en común. Se usa diecinueve veces en el Nuevo Testamento y la Nueva Versión Americana lo traduce como contribuir en dos ocasiones, como compañerismo en doce ocasiones, participación en dos ocasiones y compartir en tres ocasiones.

De manera que en el contexto de Hechos 2.42, los nuevos creyentes están dedicados y perseverando en la enseñanza de los apóstoles y participaban compartiendo entre ellos con respecto a la palabra que recién se les había predicado.

Citando Deuteronomio 20.12, Pablo el apóstol, en el contexto de la fe que lleva a la justicia o salvación, dice:

No digas en tu corazón, ¿Quién subirá al Cielo? (esto es para traer abajo a Cristo), o ¿Quién descenderá al abismo? (esto es para levantar a Cristo de los muertos). Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la Palabra, en tu boca y en tu corazón. – Esta es la Palabra de fe que predicamos” (Romanos 10.6-8)

En otras palabras, no pierdan su tiempo contemplando quién está en el cielo o quién está en el infierno. Enfóquense en su situación presente y en su necesidad. Usted no puede hacer nada por el que ya partió de este mundo. Pero Pablo afirma, la palabra de Dios predicada está cerca, en su boca y en su corazón. Él está urgiendo a los Romanos a que hagan algo con la palabra de Dios que se les ha predicado y que han estado escuchando. Él les urge a que confiesen con sus bocas que Jesús es el Señor, así como lo han escuchado en la predicación;  y él les urge a que crean en sus corazones (el centro de control de sus vidas, de donde manan todas las cosas) que Dios ha levantado a Jesús de entre los muertos. Haciendo esto, serán salvos.

Así, la palabra de Dios predicada debe dar como resultado la palabra en nuestras bocas y en nuestros corazones, esta palabra es capaz de salvar, santificar y finalmente glorificar. Notemos que Pablo no dice que la palabra debe estar en nuestras mentes. Eso se da por un hecho. Recibimos información en nuestra mente, pero Pablo procura algo mucho  más grande, algo que transforma y no simplemente informa.

Me pregunto qué pasaría si después de cada culto, después de que el predicador ha derramado su corazón en la predicación del Evangelio, apelando al corazón, la mente, la conciencia y la voluntad, si él entonces dijera: “Ahora, quiero que se dividan en grupos pequeños de cinco o seis y pasen diez minutos hablando cada uno al corazón del otro sobre la palabra que recién han escuchado. No hablen del equipo de fútbol. No hablen de los negocios de la semana que viene. En vez de eso, hablen de la palabra y de sus aplicaciones prácticas para cada uno, hasta que penetre y se apropien de ella.” La Escritura está repleta de esta idea de comunión en la palabra de Dios. Debemos hablar la verdad en amor (Efesios 4.15), hablar la verdad a nuestro prójimo (Efesios 4.25), animarnos unos a otros cada día en tanto que se dice hoy (Hebreos 3.13), y estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras (Hebreos 10.24).

Me parece a mí, que en la mayoría de los casos, el predicador simplemente expone el texto, algunas veces de manera brillante y coherente, sin que este llegue al corazón de los que escuchan. Con demasiada frecuencia la gente que escucha no experimenta ninguna transformación por causa de la palabra predicada, y se van a sus casas con más información almacenada en sus mentes solamente, para continuar desprovistos de la justicia que cambia vidas, de la paz y el gozo del Espíritu Santo.

Les ruego que este próximo Domingo, después de que el predicador concluya su sermón, busquen a un hermano o hermana o a dos más para hablar con respecto a lo que recién les fue predicado. Y hablen entre ustedes hasta que la palabra penetre y que se apropien de ella.

Cuatro Necesidades: (1) El ministerio de la Palabra

Posted in Reflexiones with tags , , on septiembre 25, 2018 by elcaminoangosto

Por Al Baker (Ministro ordenado de la Iglesia Presbiteriana en América)

Traducido con permiso por Alexander León.

[Nota del traductor: Difiero del autor en la interpretación de la frase “bautismo en el Espíritu Santo y fuego”, (pienso que se refiere a la salvación y al juicio), pero recomiendo esta serie de 4 artículos que estaré publicando: (1)  El ministerio de la Palabra, (2) Comunión alrededor de la Palabra, (3) Partiendo el Pan y (4) Orando la Palabra Predicada]

Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.” (Hechos 2.42)

En cumplimiento de la profecía de Joel (Joel 2.28-32), en cumplimiento de la promesa de Cristo (Lucas 24.46-49, Hechos 1.8), y después de diez días de oración ferviente, el Espíritu Santo fue derramado sobre ciento veinte que estaban reunidos en el Aposento Alto en Jerusalén. Pedro, aquel que solo cincuenta días antes había sido intimidado por una moza para negar a Cristo tres veces, ahora, habiendo recibido el Espíritu Santo, predica con el poder del Espíritu Santo. Pedro se dirige a la mente (Hechos 2.14-35), declarando antes sus oyentes el cumplimiento de la profecía de Joel, su culpabilidad en la crucifixión de Cristo, y el cumplimiento de la profecía de David con respecto a la resurrección de Cristo. Luego Pedro dirige su arma hacia sus cuellos para llegar a sus corazones con el punto principal de su sermón

Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2.36)

Y ¿cuál fue la respuesta de los que escucharon a Pedro? Ahora que habían escuchado esto, se compungieron de corazón y dijeron a Pedro y al resto de los apóstoles: “Varones hermanos, ¿qué haremos?

Se ha preguntado usted alguna vez ¿Por qué tanto de lo que se predica hoy hace tan poco efecto para transformar a los cristianos y convertir a los perdidos?  Sobre todo, es muy posible que muchos de los que escuchan al predicador no han nacido de nuevo, no  poseen la nueva vida en Cristo (Colosenses 3.1-3). El cristiano tiene la mente de Cristo (I Corintios 2.16), el corazón de Jesús en la regeneración (Juan 3.5-8; Romanos 6.4), la justicia de Jesús en la justificación (Romanos 5.1; I Corintios 1.30), y la santidad de Jesús en la santificación (I Corintios 1.30; Hebreos 12.14).

Así, un verdadero creyente tendrá hambre de escuchar la palabra de Dios y aplicarla a su vida. Sin embargo todos batallamos con el pecado interno y con las tentaciones que vienen del mundo, la carne y el demonio. Todos tenemos la tendencia a apartarnos de la sincera pureza y devoción a Cristo.

De manera que necesitamos la Palabra de Dios diariamente. Sin embargo el énfasis que hoy predomina está en otra parte. Vivimos en la era de la información y somos bombardeados constantemente por toda clase de información diversa, lo que podríamos llamar una “saturación de información”.

De manera personal, tendemos a pensar que mientras leamos una porción de las Escrituras cada mañana ya estamos listos para el día. O bien, como suelen pensar los que nos predican, pensamos que un sermón bien investigado, bien estructurado y una entrega coherente, repleta de ilustraciones y aplicaciones es lo que promueve una transformación espiritual y bíblica en la persona que se sienta en la banca.

Amigos míos, ¿No les parece que tenemos más información bíblica en estos tiempos de la que hemos tenido nunca antes? Lo único que se necesita es ir al Internet y encontraremos sermones de todos los grandes predicadores de todas las épocas. Sin embargo, generalmente estamos severamente afectados en lo que se refiere a la búsqueda de una santidad bíblica.

La palabra de Dios debe ser predicada con denuedo y proclamada sin equivocaciones o algo sofisticado, y la palabra debe ser recibida, meditada en el corazón y personalizada para la acción inmediata. Sí, por supuesto que el predicador debe dirigirse a la mente pero ese no es el objetivo final.

Si uno de nuestros nietos pasa la noche con nosotros, y la siguiente mañana yo noto que él no arregló su cama, yo puedo preguntarle ¿Sabes cómo arreglar tu cama? Tal vez nuestro nieto diga, “No, no he aprendido eso todavía”. Yo digo entonces, “Bueno, así es como debes hacerlo. Ahora practiquemos”. Así, el nieto tiene ahora el conocimiento y la habilidad para arreglar su cama cada vez que venga a pasar la noche con nosotros. Sin embargo, ¿Es ese conocimiento suficiente para moverlo a hacer su deber? Por supuesto que no. Él debe ser movido en su corazón para arreglar su cama. Debe desear hacerlo. Debo apelar a su corazón y convencerlo de la necesidad de hacer lo que ahora sabe y está capacitado para hacer.

Lo mismo es cierto con respecto a la predicación, enseñanza, discipulado, consejería o evangelización. Lo que sea que hagamos en la Palabra de Dios debe alcanzar el corazón.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, los predicadores solamente exponen el texto, algunas veces de manera brillante y coherente, pero la gente que recibe la palabra con frecuencia recibe la instrucción como entretenimiento, regresando a sus casas con más información almacenada en sus mentes pero continúan desprovistos de una justicia transformadora en sus vidas, de paz y de gozo en el Espíritu Santo.

Consideremos las predicaciones de los grandes hombres del pasado, hombres como George Whitefield, Jonathan Edwards, Samuel Davies, Charles Spurgeon y muchos otros. Sus predicaciones y sus vidas estuvieron marcadas por el fuego del Espíritu Santo. ¿Qué es eso? Juan el Bautista, el precursor del Señor Jesucristo, dijo que Uno vendría que los bautizaría en el Espíritu Santo y fuego. (Mateo 3.11). Isaías dijo que un ángel vino que tocó sus labios inmundos con un carbón encendido del altar (Isaías 6.6-7). Los hombres en el camino a Emaús, después de escuchar a Jesús cuando les abrió las Escrituras para mostrarles lo que de Él decían, dijeron que habían sentido que sus corazones ardían por dentro (Lucas 24.32). Malaquías dijo que la venida del Señor sería como fuego purificador (Malaquías 3.2-3). Aplicando las palabras del Salmista, el escritor a los Hebreos dice que Dios hace a sus ministros llama de fuego (Hebreos 1.7; Salmos 104.4). Pablo nos dice que seremos salvados como por fuego (I Corintios 3.15). Hebreos nos exhorta a adorar a Dios con reverencia porque nuestro Dios es fuego consumidor (Hebreos 12.29). Y Lucas dice que una de las manifestaciones del Espíritu Santo fueron lenguas que parecían de fuego (Hechos 2.3) Este fue el cumplimiento de las palabras de Juan (Lucas 3.16)

¿Qué significa esto? Fuego en la Biblia significa tres posibles cosas – pureza, poder y pasión. Isaías es purificado por el carbón del altar. El bautismo de Jesús en Espíritu Santo y fuego promete el poder de Dios. Y los ministros de Dios son llamas de fuego, llenos de pasión para llevar el evangelio a las naciones. Debemos rechazar la idea de que todos lo que necesitamos es información en los sermones, aunque esté basada en las Escrituras. Necesitamos tanto la Palabra como el Espíritu. Necesitamos tomar la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios (Efesios 6.17), pero también debemos orar con toda perseverancia y súplica en el Espíritu por todos los santos, para que la palabra sea dada a conocer con denuedo (Efesios 6.18-20)

¿Cómo llegamos ahí? Debemos tener el fuego del Espíritu Santo. Debemos tener la unción del Espíritu (I Juan 2.20). Hay una única manera, y es la oración ferviente y la súplica, derramando nuestros corazones ante Dios en arrepentimiento, pidiendo al Espíritu Santo (Lucas 11.13), buscando Su presencia y su poder hasta que lo obtengamos (Santiago 4.8). Si usted es un predicador, debe hacer esta su más alta prioridad en el ministerio. Si usted apoya a su predicador en oración, y es su deber hacerlo, entonces pida para que venga la unción y el fuego del Espíritu Santo, que venga en pureza de motivos, poder en la predicación, y pasión al desempeñar el ministerio. Yo sé que suena extraño y puede que no sea bien visto, pero deberíamos ir a la iglesia y ver a nuestro pastor arder con el fuego del Espíritu mientras proclama las inescrutables riquezas de Cristo. Esto no es un asunto casual. No es solo una sugerencia, esto es de vida o muerte (II Corintios 3-4).  Nuestras palabras son olor de vida para vida, o bien de muerte para muerte (II Corintios 2.15-16). El predicador debe predicar su punto principal y buscar un veredicto. ¿Qué van a hacer los asistentes con lo que han escuchado?

Samuel Chadwick decía que cuando la iglesia habla mucho de sus problemas y cuando aumentan las conferencias, entonces la iglesia está en problemas. La Iglesia busca actividades para tapar su falta de verdadero poder espiritual. “Actuamos como si el único remedio para nuestro declive fueran los métodos, organizaciones y compromisos”. Podemos hacer algo mejor y debemos hacer algo mejor. Debemos tener el fuego del Espíritu Santo.

La Libertad del Evangelio

Posted in Reflexiones with tags on septiembre 17, 2018 by elcaminoangosto

La libertad del evangelio (Pastor Alexander León) from Iglesia Bautista Los Lagos on Vimeo.

Consejos Para Escuchar la Palabra con Provecho

Posted in Reflexiones with tags , , on agosto 18, 2018 by elcaminoangosto

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Richard Baxter 1615 – 1691 (Pastor Angligano No Conformista)

  1. Lee y medita mucho la Biblia en privado; así entenderás mejor lo que se predica en público y podrás distinguir si lo que se dice es de Dios o no. Si no conoces la Palabra, lo que se predique te resultará extraño y de poco provecho.

  2. Busca el lugar con la enseñanza más clara, definida y convincente que puedas hallar. Es inmensa la diferencia que hay entre ser enseñado por un predicador juicioso, claro, preciso y capaz, que por uno ignorante, ambiguo, indefinido y seco, cuya predicación es una mezcla de ideas sin digerir. Un maestro ignorante no te va a hacer un cristiano entendido, y uno que predica erráticamente no te va dar un crecimiento sano ni te establecerá bien en la verdad.

  3. No oigas la Palabra con un corazón descuidado como si no tuviera importancia para ti. Escúchala consciente de tu necesidad y de la responsabilidad e implicaciones de lo que oyes. Si entiendes lo que esa Palabra significa para tu alma y si la amas como la Palabra de vida, entenderás mejor cada verdad predicada. El que no ama ni necesita algo, no se interesa en oírlo; pro si entendemos la excelencia y necesidad de la Palabra, nuestro amor y atención serán estimulados y nos será fácil entender lo que se predica.

  4. No toleres que los pensamientos vanos, el descuido o el letargo estorben tu atención. Si no estás atento, ¿Cómo entenderás y aprenderás? Enfócate en la predicación de la Palabra como si allí estuviera tu vida. Se tan diligente en aprender así como tu pastor es diligente para enseñar. Si un predicador negligente y aletargado es malo, un oyente apático y amodorrado no es bueno. Dice Moisés: “Aplicad a vuestro corazón todas las palabras que yo os testifico hoy—porque no es cosa vana; es vuestra vida.” Si tú esperas que Dios oiga tus oraciones en la aflicción, ¿Por qué no vas a oír sus Palabras sabiendo que “el que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable” ( 28.9)?

  5. Pon atención al orden del sermón y a la doctrina en que está centrado. Primero porque eso es lo que el predicador quiere señalar, y luego por qué eso te ayudará a entender el resto, el cual depende y está relacionado a ello. Observa sobre todo los aspectos más importantes para tu alma y no te estés fijando en los detalles o aspectos ingeniosos; no seas como los niños que van a la escuela y lo único que hacen es rayar papeles con figuras inteligibles sin haber entendido su lección.

  6. Aprende primero los puntos esenciales de la doctrina, y procura que con cada predicación tu entendimiento de ellos se incremente más. Entendiendo bien las doctrinas esenciales podrás entender mejor las doctrinas no esenciales.

  7. Evita estas dos cosas: (a) apresurarte a explorar detalles doctrinales (que algunos llaman profundidades) antes de comprender bien lo esencial. (b) alimentarte de controversias secas y estériles y deleitarte con la hojarasca de palabras resonantes e impertinentes que no edifican entrando en discusiones vanas sobre formalismos y exterioridades.

  8. Cuando regreses a tu casa medita en lo que escuchaste hasta entenderlo bien (Salmo 1.2).

  9. Cuando tengas dudas, pregunta a los que te pueden ayudar y enseñar. Es señal de descuido y desprecio a la Palabra de Dios que alguien deje pasar el tiempo sin acercarse a sus pastores a buscar la explicación de sus dudas, teniendo ellos la capacidad, la responsabilidad y el deseo de enseñarte.

  10. Lee libros que puedan ayudarte a entender mejor las doctrinas que necesitas aprender.

  11. Ora fervientemente por sabiduría e iluminación del Espíritu ( 1.18; Hechos 26.18; Sant. 1.5).

  12. Practicar conscientemente lo que sabes, es la mejor y más excelente ayuda para conocer con solidez las verdades de Dios (Juan 12. 7, 17).

¿LGBTI?

Posted in Alertas, Reflexiones with tags , , , on julio 23, 2018 by elcaminoangosto

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Artículo escrito para el Boletín Teológico

>>Reforma Siglo XXI

Consejos Pastorales sobre la Ideología de Género y el Quebrantamiento Sexual

Los padres y los pastores de las iglesias estamos enfrentado una oposición directa contra nuestro deber en la labor didáctica y correctiva de nuestros niños y nuestras ovejas.

En ciertos lugares, la impiedad ha escalado en los sistemas gubernamentales para que los estados establezcan leyes que castigan a los padres que procuran ejercer disciplina sobre sus hijos según las convicciones bíblicas. Hay una campaña orquestada en los medios para impedir que los padres se involucren en la corrección de conductas contrarias a la moral cristiana.

Este sistema represivo que intenta eliminar a los padres del proceso educativo y formativo, se presenta usando un lenguaje de derechos humanos y de derechos de los niños, llegando algunos hasta el punto de afirmar que inculcar una religión a los niños es un tipo de violación. Los padres ya no tienen derecho de influir en la manera de pensar de sus hijos pero el Estado sí tiene el derecho de inculcarles su sistema de valores.

El caos parece imperar en la sociedad moderna y la minoría dominante parece haber perdido la capacidad de realizar un debate racional al respecto de sus posiciones, las cuales, no solo se supone que debemos aprender a tolerar, sino que ahora se nos está obligando a aceptar y aprobar. El derecho a disentir parece haber desaparecido.

La comunidad psiquiátrica sufrió seria presión durante varias décadas para que se llegara a aceptar, aunque sin pruebas, que la conducta homosexual era normal y no debía considerarse una anomalía sino que era un estado normal y natural con posibles causas genéticas, porque anteriormente era catalogado como una patología.

Los reportes o “Informes Kinsey” con respecto a la Conducta Sexual Masculina y Femenina, que se publicaron en 1948 y 1953 respectivamente, llegaron a influir de una manera considerable en la opinión al respecto de estos temas, de manera que todavía se hace referencia a datos que provienen de esos reportes, como si fueran verdades demostradas, aunque se ha comprobado que no tienen un fundamento científico y que la investigación no fue honesta.

Luego, los pastores apóstatas de algunas iglesias fueron cediendo ante el mundo cuando comenzaron a dudar si de verdad las conductas homosexuales tenían una causa genética, como si eso cambiara de alguna manera la ley de Dios al respecto de la sexualidad. Y ahora, después de que ingenuamente muchas iglesias cedieron ante la psicología y desistieron de la consejería bíblica, enfrentamos un cambio repentino, un cambio de estrategia y no muchos se están dando cuenta.

Los argumentos a favor de la “diversidad de conductas sexuales” ya no tienen que ver con la genética, sino que ahora se apela al derecho que tiene todo ser humano de elegir su propia sexualidad según se auto-perciba. Esta auto-percepción implica que hay hombres que se consideran mujeres y a la inversa, y también hay espacio para las dudas de identidad temporales o permanentes, sin el permiso de que alguien se atreva a considerar esta situación como una anomalía.

Aquellos que una vez defendían tenazmente sus “tendencias innatas”, ahora afirman que no debemos hablar de ninguna disposición innata y parece que ya la genética no importa para nada, sino que cada uno puede y debe decidir su orientación sexual sin las restricciones opresoras de “una sociedad patriarcal antiguada y retrógrada”.

Los grupos de activistas LGBTI no quieren que los padres influyan de ninguna manera en la sexualidad de sus hijos pero basta observar con detenimiento para comprobar que ellos sí se esfuerzan por influir constantemente por diversos medios, para causar confusión en nuestros pequeños y en los que ya no son tan pequeños también.

No solo la industria impía del entretenimiento de Hollywood con sus artistas o la industria de la moda, dominada en su mayoría por gente cuyo estilo de vida es inmoral, sino que también las organizaciones “no gubernamentales” auspiciadas por las Naciones Unidas han tenido su participación directa para que los Ministerios de Educación de muchos países sucumbieran ante esta dañina mentira de la llamada “ideología de género”.

Ante esta triste situación, la familia cristiana y la Iglesia deben tener claridad sobre cómo debemos actuar, en defensa de lo que es bueno y de lo que agrada a Dios y en defensa de nuestros hijos.

Entonces, sin tomar en cuenta las posiciones cambiantes del mundo, sugiero que apliquemos las siguientes recomendaciones al tratar casos relacionados con conductas o sentimientos sexuales contrarios a la ley del Señor.

Los padres deben, más que antes, esforzarse por asumir sus roles bíblicamente establecidos y desempeñarlos en el temor de Dios. La influencia correcta de padres piadosos que ejercen sus respectivos roles, previene en gran medida la confusión de identidad.

Esto no significa que un padre no debe cocinar o involucrarse en las tareas de la casa o que una mujer no puede aprender mecánica automotriz. Pero debe observarse un claro compromiso con los roles asignados por Dios, para que el padre se vea como proveedor y protector y ejerza un liderazgo amoroso y que la madre tenga la disposición de cuidar de su esposo, hijos y casa como su vocación principal. (Tito 2.4)

Los padres deben observar con cuidado las conductas, aficiones e inclinaciones de sus hijos desde pequeños para poder corregirles con amor. En muchas ocasiones los niños han presentado tendencias incorrectas desde muy pequeños y los padres han preferido ignorar el asunto, pensando que se solucionará solo.

Si un niño imita más a su madre o a las mujeres que a su padre o hermanos, esto es una clara alerta, pero debe abordarse el problema con amor y con paciencia.

Hemos sido testigos de varoncitos pequeños que jugaron a vestirse con la ropa de la mamá y el incidente fue tomado a broma o bien a burla pero nadie tomó tiempo para tratar el asunto con seriedad y para aplicar el principio enseñado en Deuteronomio 22.5 según el cual, Dios detesta que una persona trate de asumir una conducta o vestimenta contraria al sexo que Dios le asignó.

No debemos tener miedo de llamar las cosas por su verdadero nombre según los estándares de la Palabra de Dios.

Las orientaciones y prácticas sexuales que se apartan de los parámetros establecidos por Dios, son perversiones y abominaciones según se detalla en Levítico 18 y 20.

A nadie le gusta que se le califique de “pervertido”, sin embargo, es la Verdad lo que ayudará a nuestros hijos a luchar contra toda tendencia a las perversiones.

Debemos enseñar con claridad en nuestras casas y en nuestras iglesias que el pecado no se limita a las acciones, sino a los pensamientos y a los sentimientos, para que nosotros y nuestros hijos luchemos apropiadamente no solamente con las prácticas, sino contra cualquier tendencia impura que llegue a surgir en nuestro corazón.

El claro mensaje del Evangelio es lo único que dará verdadera esperanza en este mundo que llama a lo bueno malo y a lo malo bueno (Isaías 5.20)

Muy brevemente me he referido a lo que es nuestro deber para el cuidado y buen desarrollo de nuestros hijos, observándoles y orientándoles para que estén agradecidos y satisfechos con el sexo que Dios les otorgó, pero ellos deben llegar a entender que su deber es esforzarse por llegar a ser la clase de hombres o mujeres que dan gloria a Dios con sus vidas, tomando como modelos los héroes de la Biblia y nuestros antepasados en la Fe y también, de forma ideal, el ejemplo de sus padres, que deberían procurar ser modelos de piedad.

Debemos observar a nuestros hijos y preguntarnos ¿Están tratando de imitarnos a nosotros o a otros creyentes ejemplares? O ¿están se nota que están tratando de imitar a las “estrellas” de este mundo?

Si los jóvenes están procurando parecerse más a los artistas y cantantes, pronto la manera de pensar de esos artistas y cantantes influirá en ellos más que nosotros.

Hay otro reto que debemos enfrentar como iglesias del siglo XXI. Tenemos que recibir personas que vendrán a la Iglesia, cuyo pasado ha sido de quebrantamiento en el área sexual. Puede ser que se trate de hombres afeminados, mujeres masculinas o bien personas que a pesar de tener una apariencia externa acorde con su sexo, han estado atrapados ya sea por los sentimientos de atracción homosexual o por prácticas sexuales impuras identificadas hoy en día como “parafilias”.

Muchos encuentran este tema incómodo y optan por un completo silencio, pero tal cosa es una alternativa inaceptable.

¿Cómo enfrentaremos el caso de un hombre que llega a nuestra congregación y tiene ademanes y formas de hablar o vestir que no son varoniles?

¿Qué haremos con las mujeres que lucen como hombres?

¿Y cómo reaccionaremos ante los que abusaron de sus cuerpos con notorios tatuajes y piercings?

Los que provienen de un contexto de drogadicción y delincuencia también suelen tener un lenguaje y maneras que notoriamente demuestran su procedencia, pero debemos ser pacientes y procurar ganarlos a todos para Cristo.

Las mujeres que han tenido una vida sensual y licenciosa, desconocen por completo las normas bíblicas de la modestia y el pudor.

Todo lo anterior se trata de un mismo tema pero con diferentes escenarios, son pecadores necesitados del Salvador y de una iglesia que les oriente en el camino de santidad.

He incluido estos dos últimos ejemplos de los ex drogadictos y las mujeres sensuales para que nos percatemos que al final, la tarea es la misma y la solución la misma.

La predicación fiel del Evangelio nos da esperanza, nos asegura que hay perdón para todos los que se arrepienten, sea cual sea el contexto pecaminoso del cual provengan.

En I Corintios 6.11, el apóstol Pablo, después de haber proclamado la verdad sobre el destino de los fornicarios, los afeminados, los que se echan con varones, los borrachos, los avaros, los maldicientes, etc… y de haber advertido sobre el engaño de pensar que los que practican tales cosas pudieran entrar en el Reino de Dios… concluye con el consuelo evangélico:

“… y esto erais algunos, mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido justificados, en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios”.

Pero el Evangelio, no solo provee esperanza de perdón y justificación por medio de la fe en Jesucristo, también promete el auxilio del Espíritu Santo en el proceso de santificación, en el cual, los que han sido limpiados por la sangre del Cordero y que han sido libertados del poder dominante del pecado, son capacitados para vencer también el poder del pecado remanente y de las consecuencias de la vida antigua.

No debemos caer en el error de pensar que por amor al hermano que lucha con tendencias sexuales incorrectas debemos usar términos menos ofensivos. El que lucha con deseos hacia alguien de su mismo sexo debe entender que está luchando con una perversión sexual y que el pecado no solamente consiste en las acciones, sino que también los pensamientos y los sentimientos cuentan como pecado, de manera que no debe conformarse con haber dejado su pasada vida “sexualmente activa”.

El que ha sido rescatado de la cárcel del pecado y en particular de vicios adictivos como lo son las drogas y las prácticas sexuales impuras, tendrá que luchar con las consecuencias de esos pecados habituales y los pastores deben ser conscientes de que son casos complicados, que requieren paciencia y perseverancia, oración y clamor, seguimiento y enseñanza.

Los creyentes en general, y no solo los ancianos de la iglesia, deben ser conscientes de la necesidad de seguimiento y consejería que necesitan los que sufrieron quebrantamientos en el área sexual, sea que fueran abusados o abusadores.

El seguimiento necesario implica confrontación, rendición de cuentas, apoyo en oración, pero también la sabia inclusión de este tipo de creyentes en la vida de la iglesia.

Por otro lado, los pastores deben proteger también al resto del rebaño y esto requiere de convicciones firmes y valentía.

Los abusos sexuales que se han vuelto una epidemia, pueden evitarse si nuestros niños son enseñados con claridad al respecto de estos males y si tratamos al pecado bíblicamente y enseñamos a cada uno el principio de la siembra y la cosecha. Es decir, los pecadores deben sentirse invitados a venir a la Iglesia para hallar refugio en Cristo, pero también toda persona en la iglesia debe tener bien claro que no se tolerará el pecado y que todo delito será tratado según los estándares de la disciplina bíblica y también según la ley civil si fuera necesario.

Las personas que trabajan con niños deben ser minuciosamente escogidas y por lo tanto, alguien que en el pasado tuvo tropiezos en la abominable pedofilia, no puede ser nunca considerado para trabajar en un ministerio para niños.

Sabemos que el Señor perdona y que el Señor nos limpia, pero nunca debemos tomar riesgos que el demonio puede usar para tentar a aquellos que un día fueron sus esclavos en el área sexual.

La sociedad actual con todos sus artilugios, hace presión para succionarnos y meternos en sus moldes impíos, pero tenemos que pelear contra esto, no conformándonos a este siglo, sino ajustándonos cada vez más fielmente al modelo bíblico. (Romanos 12.2)

El pudor y la modestia deben volver a ser temas tratados en la iglesia y en la casa. Tanto los hombres como las mujeres deben tomar consciencia de que la sensualidad en el vestir es una señal de mundanalidad y causa de tropiezo, sobre todo para los varones.

La tendencia a mostrar músculos entre los hombres y la tendencia a mostrar curvas entre las mujeres debe ser combatida. Son prácticas mundanas y hacen tropezar en particular a los que luchan contra los recuerdos de un pasado de quebrantamiento y vicios sexuales.

Finalmente, debemos estar preparados para recibir en la Iglesia, a toda clase de personas, ¿cómo lo haremos?

Mostremos el amor de la Verdad, el amor de Cristo, porque el Evangelio promete perdón y vida nueva a todo aquel que se arrepiente y cree.

Al tratar con personas que han estado atrapadas por vicios sexuales, enfrentaremos la realidad de que muchas veces nos desilusionan con sus retrocesos y tropiezos.

Un hombre al cual le dediqué mucho tiempo y energías en consejería y acompañamiento, pero que seguía sin dar evidencias de una verdadera conversión porque reconocía seguir cayendo y claudicando con frecuencia,  me preguntó en cierta ocasión:

– ¿Pastor, por qué usted sigue insistiendo conmigo? Me da pena haberle prometido tantas veces un cambio, para luego tener que reconocer que volví a ceder a las tentaciones.

Mi respuesta fue:

  • Mientras sigas vivo, seguiré esperando y seguiré predicándote el Evangelio. Si no creyera que mi Señor Jesucristo puede cambiar al más vicioso de los pecadores, entonces dejaría de predicar este Evangelio. Pero Él me salvó a mí, y si me salvó a mí, puede salvar a cualquiera.

 ¿Creemos en este Evangelio?

Pr. Alexander León 

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