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Trato particular según el estado del alma

Posted in Pastoral with tags , , , on julio 18, 2017 by elcaminoangosto

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Tomado del libro “El Arte de Profetizar” de William Perkins (1558-1602)

Capítulo VII – Categorías de Oyentes.

  1. Aquellos que son incrédulos, ignorantes y no son enseñables.

Estos tienen que ser preparados primero para recibir la doctrina de la Palabra. Josafat envió Levitas por las ciudades de Judá para enseñar al pueblo, y sacarlos de la idolatría (II Crónicas 17.9). Esta preparación debe hacerse en parte discutiendo o razonando con ellos, para enterarnos de su actitud y disposición, y en parte reprobando cualquier pecado notorio, para que sus conciencias sean tocadas con el temor y se vuelvan enseñables (mire Hechos 9.3-5); 16.27-31; 17.17; 17.22-24).

Cuando hay alguna esperanza de que se hayan vuelto enseñables y preparados, el mensaje de la Palabra de Dios debe dárseles, usualmente en términos básicos concentrándose en los puntos generales (como, por ejemplo, Pablo lo hizo en Atenas, Hechos 17.30, 31). Si no hay respuesta positiva a tal enseñanza, entonces debe enseñarse de una manera más detallada y plena. Pero si se mantienen en su incredulidad y no hay esperanza real de ganarlos, deben simplemente ser dejados (Prov. 9.8; Mateo 7.6; Hechos 19.9)

  1. Aquellos que son enseñables pero ignorantes

Debemos instruir tales personas por medio de Catecismos (cf. Lucas 1.4; Hechos 18.25, 26). Un Catecismo es una explicación breve de las enseñanzas fundamentales de la fe Cristiana dadas en forma de preguntas y respuestas. Esto ayuda tanto al entendimiento como a la memoria. Por eso, el contenido de un catecismo debe ser los fundamentos de la fe Cristiana, un resumen de los principios básicos (Hebreos 5.12)

Un principio básico de la fe es una verdad bíblica que está directa e inmediatamente conectado tanto con la salvación de los hombres y la gloria de Dios. Si alguno de esos principios es negado, no hay esperanza de salvación. Hay seis principios así: arrepentimiento, fe, bautismo (es decir, los sacramentos), la imposición de manos (esto es una imagen visual del ministerio de la Palabra), la resurrección, y el juicio final (Hebreos 6.1-3)

La forma distintiva de un catecismo es la manera en que maneja los elementos fundamentales llanamente por medio de pregunta y respuesta (Hechos 8.37; I Pedro 3.21). Como Tertuliano dijo, “El alma no se limpia con lavarse, sino con respuestas”

Aquí es importante reconocer la diferencia entre “leche” y “comida sólida”. Estas categorías ser refieren a la misma verdad; la diferencia entre ellas es la manera y el estilo de la enseñanza. “Leche” es una explicación breve y llana de los principios de la fe: que tenemos que creer en un solo Dios, y en tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; que tenemos que depender solamente de la gracia de Dios en Cristo; que tenemos que creer en el perdón de los pecados; y cuando somos enseñados que tenemos que arrepentirnos, abstenernos del mal y hacer el bien.

“Alimento sólido”, por otro lado, se refiere a un manejo detallado, iluminador y claro de la doctrina de la fe. Incluye la exposición lúcida y cuidadosa de la enseñanza bíblica en temas tales como la condición del hombre antes de la caída, la caída, el pecado original y el pecado actual, la culpa humana, el libre albedrío; los misterios de la Trinidad, las dos naturalezas de Cristo, unidas en una sola persona, el oficio de Cristo como Mediador, la imputación de la justicia, la fe, la gracia y el uso de la ley. La “leche” debe darse a los bebés, es decir a aquellos que son inmaduros o débiles en conocimiento, la carne debe darse a aquellos que son más maduros, es decir, aquellos que están mejor instruidos (I Corintios 3.1, 2 Hebreos 5.13)

  1. Hay algunos que tienen conocimiento, pero nunca han sido humillados.

Aquí necesitamos ver la manifestación del arrepentimiento en lo que Pablo llama tristeza según Dios (I Corintios 7.8-10). La tristeza según Dios es un dolor por el pecado por el hecho de que es pecado. Para enfatizar este afecto, el ministerio de la ley es necesario. Esto puede hacer nacer un sentido real de contrición en el corazón, o del terror en la conciencia. Aunque esto no es útil por sí mismo, provee el remedio necesario para vencer la terquedad pecaminosa, y para preparar la mente a fin de que sea enseñable.

Con el fin de surja esta tristeza legal es apropiado usar cierta porción escogida de la ley, que sirva para reprobar cualquier pecado visible en aquellos que todavía no se han humillado. Dolerse de un pecado y dolerse por un solo pecado es, en sustancia, el dolor y el arrepentimiento de todos (Salmos 32.5; Hechos 2.23; 8.22)

Además, si alguien que está afligido por la Cruz y con tragedias externas, tiene una tristeza mundana – no lamenta el pecado como pecado, sino solamente el castigo – no se le debe dar prometer consuelo inmediato. Tal dolor debe primero ser transformado en tristeza según Dios.

Dejemos que el Evangelio sea predicado de tal forma que el Espíritu Santo verdaderamente aplique la salvación. Porque al renovar a los hombres para que comiencen a desear y a hacer lo que agrada a Dios, el Espíritu Santo realmente produce en ellos tristeza según Dios y arrepentimiento para salvación.

Para el de corazón endurecido, la ley debe enfatizarse, y su maldición claramente establecerse así como sus amenazas. También debe enseñarse la dificultad de obtener liberación a aquellos que se sienten punzados en su corazón. (Mateo 3.7; 19.16, 17; 23.13, 33). Pero cuando el inicio de una tristeza según Dios aparece, ellos deben ser consolados con el Evangelio.

  1. Aquellos que ya se han humillado.

Aquí debemos considerar cuidadosamente si la humillación que ha tenido lugar es completa y sana o recién ha comenzado y todavía es liviana y superficial. Es importante que la gente no reciba el consuelo antes de lo apropiado. Si ocurre así, puede endurecerse luego de la misma manera que el hierro que habiendo estado en el horno se endurece al enfriarse.

Aquí están algunas directrices para tratar con aquellos que tienen una humillación parcial. Exponerles la Ley cuidadosamente junto con el Evangelio, para que aterrorizados por sus pecados y por el juicio de Dios, tengan a la vez consuelo en el Evangelio (Génesis 3.9-15; II Sam. 12; Hechos 8.20-23). Natán nos da un ejemplo de esto. Habiendo sido enviado por Dios, trajo a David a un reconocimiento de su verdadera condición por medio de una parábola, y luego le pronunció el perdón cuando su arrepentimiento fue evidente.

En esta manera la fe y el arrepentimiento y los consuelos del evangelio deben enseñarse y ser ofrecidos a aquellos que están verdaderamente humillados (Mateo 9.13; Lucas 4.18; Hechos 2.37, 38)

  1. Aquellos que ya son creyentes.

Debemos enseñarles

  • El Evangelio: la enseñanza bíblica de la justificación, santificación y perseverancia
  • La Ley: pero tal como se aplica a los que ya no están bajo su maldición, para enseñarles cómo dar fruto de una nueva obediencia y mantenerse en el arrepentimiento (Romanos 8.1; I Tim. 1.9). Aquí la enseñanza de Pablo sirve como modelo
  • Aunque alguien que ha sido justificado y santo ante los ojos de Dios no debe temer la maldición de la ley, se debe recordar la oposición que hay hacia la ley por causa del pecado remanente. Como un padre muestra a sus hijos el posible castigo con el fin de inculcarles un sentido de temor apropiado en caso de que hagan lo malo, así también la meditación en la maldición de la ley debe animar con frecuencia a los verdaderos creyentes, para disuadirles de abusar de la misericordia de Dios con una vida pecaminosa, y para aumentar la humildad. Nuestra santificación es parcial todavía. Para que los remanentes de pecados puedan ser destruidos tenemos siempre que comenzar nuestra meditación en la ley, y con un sentido de nuestro pecado, para poder ser traídos a descansar en el Evangelio.
  1. Aquellos que han retrocedido.

Algunos pueden haberse apartado parcialmente del estado de gracia, sea en su fe o en su estilo de vida.

Fallos en la fe se refieren tanto al conocimiento de la doctrina del Evangelio o a abrazar a Cristo.

Fallos en el conocimiento involucra caer en el error, sea en una doctrina secundaria o fundamental.

En esta situación, la doctrina específica que contrarresta el error debe ser expuesta y enseñada. Tenemos que enfatizarles la importancia de esto, así como la doctrina del arrepentimiento.

Pero tenemos que hacer esto con afecto fraternal, como Pablo enseña en Gálatas 6.1 (cf. II Tim. 2.25).

Una falla en abrazar a Cristo lleva a la desesperación. Para poder restaurar esto debemos diagnosticar la condición y prescribir el remedio. Tenemos que analizar la causa de la tentación o de la condición. El diagnóstico de la causa se puede hacer apropiadamente por medio de la confesión privada (cf. Santiago 5.17). Pero para evitar que tal confesión se vuelva un instrumento de tortura debe estar gobernada por estos principios:

  • Debe realizarse de manera voluntaria y no bajo presión. La salvación no depende de esto.
  • No debe ser una confesión de todos los pecados, sino de aquellos que lastiman la conciencia y pueden llevar a un mayor riesgo espiritual si no se tratan.
  • Tal confesión debe hacerse principalmente a los pastores, pero con el entendimiento de que puede ser compartida confidencialmente con otros hombres dignos de confianza en la iglesia.

El diagnóstico de la condición espiritual involucra investigar si están bajo la ley o bajo la gracia. Para poder verificar esto tenemos que hacer preguntas para descubrir si están tristes consigo mismos porque han ofendido a Dios. ¿Odian el pecado? Esta es la base del arrepentimiento que trae salvación. Seguidamente debemos preguntar si tienen en su corazón deseo de reconciliación con Dios. Esta es la base de la verdadera fe.

Cuando el diagnóstico está completo, debemos prescribir el remedio y aplicar el Evangelio. Esto tiene dos partes: Primero, deben explicarse varias verdades del Evangelio e imprimirlas con frecuencia en ellos, lo cual incluye:

  • Que sus pecados son perdonables
  • Que las promesas de la gracia son para todos los que creen, no para algunos individuos específicos, de manera que ellos no se sientan excluidos.
  • Que el deseo de creer es en sí mismo fe (Salmos 145.19; Apoc. 21.6)
  • Que el pecado no anula la gracia sino que (ya que Dios hace que todo obre para bien de los que son suyos) puede llevar a una mayor ilustración del mismo.
  • Que en este mundo pecaminoso y caído, todas las obras de Dios son realizadas por medios que son contrarios a Él mismo.

Segundo, deben ser animados en la misma amargura de la tentación, para ejercer la fe que ha estado inactiva – pero latente. Deben volver a asegurarse de que sus pecados han sido perdonados. Y deben ser animados a pelear vigorosamente en oración, sea a solas o con otros, contra los deseos carnales y la esperanza humana. Deben ser exhortados con insistencia para que puedan hacer estas cosas; hasta aquellos que no quieren deben ser constreñidos a hacerlas (vea Salmos 77.1, 2; 130.1, 2; Romano 4.18)

Para que tales remedios puedan funcionar, el poder ministerial de “atar y desatar” debe ser usado en la forma en que se prescribe en las Escrituras (II Samuel 12.13; II Corintios 5.20). Si resulta que la melancolía aqueja la mente del individuo, entonces el remedio debe buscarse en privado.

Fallar en el estilo de vida toma lugar cuando un Cristiano comete pecado voluntario, como en el caso de la borrachera de Noé, el adulterio de David, la negación de Pedro y ejemplos similares. La fuerza y la disposición de la gracia interna, puede perderse por un tiempo en términos tanto de sentido como de la experiencia de su poder. La ley debe exponerse junto con el Evangelio a aquellos que han caído. Cada nuevo acto de pecado requiere un nuevo acto de fe y de arrepentimiento (Isaías 1.4, 16, 18)

  1. Iglesias que tienen tanto creyentes como incrédulos.

Esta es una situación típica en nuestras iglesias. Cada doctrina debe ser expuesta para ellos, tanto de la ley como del Evangelio, mientras se observen las limitaciones y circunscripciones debidas (vea Juan 7.37. Esto era lo que lo profetas hacían en sus sermones, cuando anunciaban juicio a los impíos, y promesas de liberación en el Mesías a los que se arrepentían.

Pero ¿qué sucede si algunos de la congregación desesperan el resto se endurece? ¿Qué debe hacerse? La respuesta es: aquellos que se endurecen deben escuchar la ley en el ámbito y límites de las personas que están en sus pecados. Pero los afligidos deben ser ayudados especialmente a escuchar la voz del Evangelio aplicada a ellos.

 

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