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¿Qué diferencia hace Dios los Lunes por la mañana?

Posted in Reflexiones with tags , , , on junio 30, 2017 by elcaminoangosto

Por: Michael Reeves y Tim Chester. © 2017 Editora FIEL. Website: editorafiel.com . Traducido del portugués por Alexander León.

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La frase SOLI DEO GLORIA, “Solamente a Dios la Gloria”, era una de las afirmaciones principales del pensamiento de la Reforma Protestante. La Reforma enfatizó que todos los logros de la salvación estaban distantes del valor humano, colocando todo a los pies de Dios. Nadie podía decir: “Recibí la vida eterna porque tengo una vida buena, o porque soy religioso y consagrado, o porque mi razonamiento es bastante sagaz”. Toda la gloria pertenece solamente a Dios. En eso los reformadores reflejan el pensamiento del apóstol Pablo en I Corintios 1.28-31:

“…y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.”

Pero, SOLI DEO GLORIA también se volvió un resumen de un estilo de vida reformado. La vida cotidiana se volvió el contexto en el cual glorificamos a Dios. Tal énfasis en la vida cotidiana venía del re-descubrimiento de las Escrituras por parte de los reformadores, pues ellas reflejan el cristianismo bíblico. Pero también fluyó de su re-descubrimiento de la justificación por la fe.

 

Re-direccionamiento de las buenas obras.

La Misa había pasado a ser vista como un sacrificio, una renovación del acto de expiación del Calvario que aseguraba la bendición de Dios. De esta manera, entre más se realizara, más se agradaba a Dios. No era indispensable la presencia de la congregación. La Misa podía ser realizada por los curas (sacerdotes) repetidamente, de forma mecánica. Esa práctica refuerza la idea de que la esencia del cristianismo está lejos de lo que ocurre en la vida diaria. Y lleva a un mundo dividido entre lo espiritual y lo secular.

¿Dónde está la actividad que tiene valor para con Dios? Si somos justificados por infusiones de la gracia que nos son administradas por medio de los sacramentos, como sugiere la iglesia católica, entonces las actividades que importan en la iglesia son las actividades sacramentales. O bien, si queremos alcanzar unión con Cristo por medio del misticismo y la contemplación, las actividades importantes son aquellas que suceden en el monasterio. Si usted está deseoso de conocer a Dios, debería volverse monje. Si uno tiene deseos de servir a Dios, debería hacerse sacerdote o fraile o monja.

El re-descubrimiento de Lutero con respecto a la justificación por la fe quitó el ímpetu de tales actividades. Dios no exige deberes religiosos como una manera de pagar por la salvación. Si la justificación ocurre por medio de la fe, el foco y la naturaleza de las actividades religiosas cambian radicalmente. Lutero discute en detalle la naturaleza de las buenas obras en el Tratado: La libertad del Cristiano. Lutero comienza por la justificación. Somos salvos solamente por la fe, y “no parcialmente por la fe y parcialmente por las obras. Cualquier reivindicación en el sentido de que sus obras contribuyen para la salvación niega la efectividad de la fe. Sin fe en Cristo, no existe conexión con las buenas obras”.

Lo que Lutero quiere decir es que, si no es posible tener fe en que solamente Cristo salva, ninguna otra cosa nos podrá beneficiar.

Eso despierta la siguiente pregunta: ¿Por qué, entonces, se prescriben tantas obras en las Escrituras? Una buena respuesta es que los mandamientos de la Escritura revelan nuestra incapacidad de cumplirlos. Por medio de ellos, el hombre es “verdaderamente humillado y reducido a nada a sus propios ojos”. Su propósito es direccionarnos a las promesas de las Escrituras. Ellos nos impulsan para los brazos de Cristo.

Entonces, ¿podemos ser negligentes en cuanto a las buenas obras? La respuesta de Pablo a esa pregunta en Romanos 6.1-2 es:

“… ¿en ninguna manera!” La respuesta de Lutero es semejante: “Yo respondo: No es así, oh hombres impíos, No es así”. Y explica:

Aunque, como he dicho, un hombre sea abundante y suficientemente justificado por la fe internamente en su espíritu, y así tiene todo lo que se necesita, excepto en lo que esa fe y esas riquezas deben crecer día a día hasta la vida futura; con todo, permanece en su vida mortal sobre la tierra. En esta vida el hombre tiene que controlar su propio cuerpo y lidiar con los otros hombres. Aquí comienzan las buenas obras; aquí el hombre no puede gozar del ocio; aquí ciertamente debe disciplinar su cuerpo por medio de ayunos, vigilias, herramientas y otras disciplinas razonables, y sujetarse al Espíritu, para que obedezca y se conforme al hombre interior y a la fe, no volviéndose contra la fe ni impidiendo al hombre interior, como es la naturaleza del cuerpo hacer a menos que sea impedido. El hombre interior, que, por la fe, fue creado a imagen de Dios, es jubiloso y feliz por causa de Cristo, en quien tantos beneficios le fueron conferidos; y, por tanto, es su única ocupación servir a Dios con alegría y sin pensar en la ganancia, en amor que no se contrae.

Aquí lo que Lutero está diciendo. Primero, aunque no tenemos que controlar nuestros cuerpos para alcanzar el cielo, tenemos que vivir “esta vida mortal sobre la tierra”. Las disciplinas espirituales son importantes para garantizar que nuestra vida externa se conforme a nuestro estatus interno, “para que nuestro cuerpo obedezca y se conforme al hombre interior y a la fe”. En la medida en que haga eso, bien como en las situaciones que cada uno de nosotros tenga que ayunar y laborar, varían de persona a persona, porque nuestro objetivo es controlar la codicia de la carne. Tal autodisciplina no es un fin en sí misma, sino un medio para el autocontrol.

“Así, aquellos que presumen de ser justificados por las obras no consideran la mortificación de las concupiscencias, sino que apenas consideran las propias obras, y piensan que, si logran hacer tantas y tan buenas obras en la medida de que les sea posible, habrán hecho bien y se volverá justos”.

Segundo, aunque no tengamos que controlar nuestros cuerpos para llegar al cielo, esa es nuestra alegría, debido a los beneficios conferidos sobre nosotros en Cristo, en el sentido de que ahora deseamos “servir a Dios con alegría”. Anteriormente, servíamos a Dios porque creíamos que eso nos llevaría a nuestra salvación- era un servicio centrado en el Yo. Ahora servicio con “amor sin angustia”.

Seguidamente, Lutero ofrece una variedad de analogías para ilustrar su punto de vista:

Somos como Adán y Eva antes de la Caída, que trabajaban libremente para gradar a Dios, y no para obtener justicia, la cual ellos ya poseían en plena medida.

Somos como un obispo que cumple sus deberes porque es obispo, y no para llegar a ser obispo.

Somos como un árbol que produce buenos frutos porque es un buen árbol, y no para volverse un buen árbol.

Somos como una casa bien construida. Una casa bien construida no es lo que hace bueno a un constructor. Es el buen constructor el que construye una casa buena.  Nuestras obras no nos hacen buenos. Una vez que somos hechos buenos por la fe, entonces producimos buenas obras.

Al librarnos de la necesidad de realizar buenas obras para nuestra propia salvación, el Evangelio nos liberta para hacer el bien por amor al prójimo:

El hombre… no necesita de esas cosas para su justificación y salvación. Por lo tanto, debe ser guiado en todas sus obras por ese pensamiento, y contemplar solamente esto: servir en beneficio del prójimo en todo lo que haga, sin considerar su propio provecho sino solo la necesidad y el provecho del prójimo.

En vez de hacer el bien para Dios, tenemos ese bien de parte de Dios. Pero ese bien que viene de Dios deberá fluir para los demás. Cristo se identificó con nosotros de tal modo que, “de Cristo, han fluído todas las cosas buenas y estas cosas buenas están fluyendo en nosotros”. De esa misma manera, debemos identificarnos con el prójimo para que las buenas cosas “fluyan sobre aquellos que tienen necesidad de ellas”

La iglesia católica creía que una persona realizaba buenas obras para ser salva. Las buenas obras eran hechas para Dios, a fin de ganarnos su aprobación. Pero Lutero rechazó la idea de que las buenas obras fueran hechas para Dios. Al final, Dios no necesita de nuestras buenas obras. Las buenas obras hechas para Dios, que nos sacan del mundo (ejercicios espirituales, vida monástica, votos de celibato y pobreza), no surgen del hecho de que Dios las necesite. En vez de eso, nuestras buenas obras son hechas para nuestro prójimo. Así, el Evangelio nos impulsas de vuelta para el mundo, a fin de servir al prójimo en amor.

Concluimos, por lo tanto, que el cristiano no vive por sí mismo, sino que en Cristo vive para su prójimo. De otra manera, no es cristiano. Vive en Cristo por la fe, y en su prójimo por el amor. Por la fe, el hombre es llevado más allá de sí mismo, para Dios. Por amor, desciende más bajo de sí mismo, para su prójimo.

 

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