Cuatro Necesidades: (2) Comunión alrededor de la Palabra.

Por Al Baker (Ministro ordenado de la Iglesia Presbiteriana en América)

Traducido con permiso por Alexander León.

“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”Hechos 2.42

¿Por qué la enseñanza hace tan poco en la transformación de los que están en las bancas?

Cuando el apóstol Pedro predicó en el día de Pentecostés, después de que el prometido Espíritu Santo había sido derramado, en cumplimiento de la profecía (Joel 2.28-32), sus oyentes exclamaron compungidos, “¿Qué haremos? Y Pedro les dijo que se arrepintieran y se bautizaran en el nombre de Jesucristo para el perdón de sus pecados y así recibirían el don del Espíritu Santo (Hechos 2.38). A partir de ahí, Lucas, el escritor de los Hechos, nos dice que los nuevos convertidos se dedicaban continuamente a la doctrina de los apóstoles y a tener comunión, a partir el pan y a orar. La unión de estas cuatro necesidades para cada creyente no es algo aleatorio ni antojadizo, porque estas palabras fueron escritas bajo la dirección e inspiración del Espíritu Santo. Notemos el agrupamiento de las primeras dos necesidades y el de las últimas dos. Ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles, es decir, en el ministerio de la Palabra mientras era predicada; y a la vez perseveraban en la comunión unos con otros. De la misma manera, perseveraban en el partimiento del pan y en las oraciones. De manera que el ministerio de la Palabra y la comunión van juntos, como el partimiento del pan y las oraciones van juntos. Estas necesidades deben considerarse en pares.

De seguro habremos notado cómo casi sin excepción, después de la predicación de la palabra en nuestros cultos de occidente, cuando se da la bendición, los parroquianos salen de la iglesia, quizás comentando a un amigo lo excelente que estuvo el sermón que escucharon. O, es más probable que hermanos en Cristo comiencen a hablar de cómo su equipo favorito de fútbol se desempeñó en el juego del día anterior, entrando en algunos detalles sobre lo bien o mal que jugaron. O quizás, conversen sobre un viaje de negocios para la siguiente semana, o cómo les va a sus hijos en el equipo de baseball.

Sin embargo, lo que es poco común es escuchar lo que Lucas describe que ocurría con la iglesia primitiva después de la predicación de la palabra de Dios. Ellos perseveraban en la comunión. Esto por supuesto requiere una pregunta, ¿qué significa esa palabra griega koinonía que se ha traducido a comunión? No significa una reunión en la que disfrutaban de la compañía y la comida. No significa que los hermanos o hermanas salen a tomarse un café para conversar sobre las noticias, los deportes, el tiempo o la política. Ni siquiera significa necesariamente que se reunían en parejas para tener un Estudio Bíblico y discutir el sermón que les fue predicado el pasado Domingo. Por supuesto, nada de malo hay en todo lo descrito, pero eso no es perseverar en la comunión.

Koinonía se define como compañerismo, asociación, participación conjunta, lo que se comparte en común. Se usa diecinueve veces en el Nuevo Testamento y la Nueva Versión Americana lo traduce como contribuir en dos ocasiones, como compañerismo en doce ocasiones, participación en dos ocasiones y compartir en tres ocasiones.

De manera que en el contexto de Hechos 2.42, los nuevos creyentes están dedicados y perseverando en la enseñanza de los apóstoles y participaban compartiendo entre ellos con respecto a la palabra que recién se les había predicado.

Citando Deuteronomio 20.12, Pablo el apóstol, en el contexto de la fe que lleva a la justicia o salvación, dice:

No digas en tu corazón, ¿Quién subirá al Cielo? (esto es para traer abajo a Cristo), o ¿Quién descenderá al abismo? (esto es para levantar a Cristo de los muertos). Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la Palabra, en tu boca y en tu corazón. – Esta es la Palabra de fe que predicamos” (Romanos 10.6-8)

En otras palabras, no pierdan su tiempo contemplando quién está en el cielo o quién está en el infierno. Enfóquense en su situación presente y en su necesidad. Usted no puede hacer nada por el que ya partió de este mundo. Pero Pablo afirma, la palabra de Dios predicada está cerca, en su boca y en su corazón. Él está urgiendo a los Romanos a que hagan algo con la palabra de Dios que se les ha predicado y que han estado escuchando. Él les urge a que confiesen con sus bocas que Jesús es el Señor, así como lo han escuchado en la predicación;  y él les urge a que crean en sus corazones (el centro de control de sus vidas, de donde manan todas las cosas) que Dios ha levantado a Jesús de entre los muertos. Haciendo esto, serán salvos.

Así, la palabra de Dios predicada debe dar como resultado la palabra en nuestras bocas y en nuestros corazones, esta palabra es capaz de salvar, santificar y finalmente glorificar. Notemos que Pablo no dice que la palabra debe estar en nuestras mentes. Eso se da por un hecho. Recibimos información en nuestra mente, pero Pablo procura algo mucho  más grande, algo que transforma y no simplemente informa.

Me pregunto qué pasaría si después de cada culto, después de que el predicador ha derramado su corazón en la predicación del Evangelio, apelando al corazón, la mente, la conciencia y la voluntad, si él entonces dijera: “Ahora, quiero que se dividan en grupos pequeños de cinco o seis y pasen diez minutos hablando cada uno al corazón del otro sobre la palabra que recién han escuchado. No hablen del equipo de fútbol. No hablen de los negocios de la semana que viene. En vez de eso, hablen de la palabra y de sus aplicaciones prácticas para cada uno, hasta que penetre y se apropien de ella.” La Escritura está repleta de esta idea de comunión en la palabra de Dios. Debemos hablar la verdad en amor (Efesios 4.15), hablar la verdad a nuestro prójimo (Efesios 4.25), animarnos unos a otros cada día en tanto que se dice hoy (Hebreos 3.13), y estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras (Hebreos 10.24).

Me parece a mí, que en la mayoría de los casos, el predicador simplemente expone el texto, algunas veces de manera brillante y coherente, sin que este llegue al corazón de los que escuchan. Con demasiada frecuencia la gente que escucha no experimenta ninguna transformación por causa de la palabra predicada, y se van a sus casas con más información almacenada en sus mentes solamente, para continuar desprovistos de la justicia que cambia vidas, de la paz y el gozo del Espíritu Santo.

Les ruego que este próximo Domingo, después de que el predicador concluya su sermón, busquen a un hermano o hermana o a dos más para hablar con respecto a lo que recién les fue predicado. Y hablen entre ustedes hasta que la palabra penetre y que se apropien de ella.

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