Día del AMOR

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El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. I Juan 4.8

Según la popular Wikipedia del Internet,

El día de san Valentín es una celebración tradicional de países anglosajones que se ha ido implantando en otros países a lo largo del siglo XX principalmente en la que las parejas de enamorados expresan su amor y cariño mutuamente. Se celebra el 14 de febrero, onomástico de san Valentín. En algunos países se conoce como día de los enamorados y en otros como día del amor y la amistad. En Angloamérica hacia 1840, Esther A. Howland comenzó a vender las primeras tarjetas postales masivas de san Valentín, conocidas como “valentines”, con símbolos como la forma del corazón o de Cupido. También en este día es común la tradición de regalar rosas a aquellas personas a las que se tiene un especial afecto.

Quiero aprovechar esta fecha para hablar de lo que parece ser un valor universal, es decir, las personas de todas las culturas y convicciones religiosas o  filosóficas piensan que el amor es algo bueno. Nadie afirma que el amor sea malo.

El idioma griego (koiné), en el cual fue escrito el Nuevo Testamento, es un idioma muy específico, es decir, tiene varias palabras para lo que nosotros solo tenemos una. En español tenemos una palabra para “amor”, pero en griego hay tres palabras que se pueden traducir como amor, según la clase de amor del cual se está hablando.

Hay una palabra griega que significa amor pero se usaba para la relación de afecto entre personas que tienen alguna afinidad, sea familiar, de amistad o de camaradería. En pocas palabras es “amor de hermano” (fileo).

Este versículo no usa ese término porque todas las personas pueden experimentar esa clase de amor, sea cual sea su religión y hasta los que son ateos tienen la capacidad de amar de esta manera.

Hay otra palabra que se usa para el amor romántico (eros), este es el amor que experimenta una pareja de enamorados. Tampoco es a esta clase de amor que se refiere nuestro texto, porque también cualquier ser humano es capaz de sentir esta clase de amor.

Las dos clases de amor que acabamos de describir, pueden experimentarse y eventualmente terminar. Hay personas que profesaron amarse con todo el corazón y luego llegar a odiarse a tal grado que no soportan vivir juntos ni verse.

Hay personas que disfrutaron de una linda amistad, pero el tiempo o las circunstancias hicieron que de aquel amor solo quede un buen recuerdo.

Pero la clase de amor del que habla el apóstol Juan aquí se asocia con Dios y con la esencia del Ser Divino. Él es amor. (ágape)

Esto no se trata de un sentimiento hermoso, es algo diferente y tiene las características que se describen en I Corintios 13.4-7:

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El capítulo 4 de la epístola de Juan explica claramente que el amor de Dios se mostró al mundo cuando Él entregó a Su Hijo unigénito.

Es un hecho incomprensible que Dios estuviera dispuesto a entregar a Su Hijo a la muerte y es un hecho incomprensible que Cristo estuviera dispuesto a dar su vida por pecadores rebeldes como nosotros para darnos esperanza.

Como está escrito:

… y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” – Romanos 5.5

Cuando Dios salva pecadores, les imparte su amor y los capacita para amar de verdad.

No es difícil amar a los que nos aman, eso también lo pueden hacer los incrédulos, pero Dios nos capacita para amar a los que no merecen ser amados, así como Él nos amó sin que nosotros mereciéramos su amor.

El Señor Jesús habló sobre la singularidad de este amor:

Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman” (Lucas 6.32)

Solamente el Espíritu Santo nos puede capacitar para cumplir esta ordenanza de Cristo cuando dijo:

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” – (Mateo 5.44)

¿Es posible tal cosa?

Ningún cristiano ama perfectamente, todos fallamos en alguna medida. Sin embargo, el Espíritu Santo que derramó en nosotros el amor de Dios, nos impulsa a esforzarnos por practicar esta clase de amor y a crecer en amor.

La persona que alberga amargura, constante rencor, la persona que se niega a perdonar la ofensa, está en una condición muy grave porque no está manifestando la virtud del amor.

No estamos afirmando que para ser cristiano hay que amar perfectamente siempre, pero lo que sí tiene el cristiano es el deseo de crecer en amor y de llegar a amar como Cristo nos amó y para esto buscamos la llenura del Espíritu Santo.

Cristo advirtió que solo los que perseveran en amor podrán ser salvos:

y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.” (Mateo 24.12-13)

Hay quiénes aparentemente conocen mucho de la Biblia, de autores cristianos y hasta pueden estar muy involucrados en actividades de la iglesia, pero nada de esto nos garantiza que sean verdaderos cristianos, es el amor lo que identificará siempre a los que son de Cristo.

Los que pierden la fe, dejan de amar y una fe temporal no es fe verdadera. Son los que perseveran en amor los que serán salvos.

El que está lleno del Espíritu Santo, estará lleno de amor.

¿Amas a Jesucristo el Salvador? ¿Amas a tu prójimo?

Ningún creyente ama como debería amar pero entonces la pregunta es ¿Deseas poder amar como Cristo?

Desear y procurar el amor de Cristo es la marca de los verdaderos cristianos, porque Él dijo:

En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos por los otros” (Juan 13.35).

Y el apóstol Juan recalcó:

el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo. (I Juan 2.5-6)

Que así sea. Amén.

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